Hace unos días pedí a Antonio Montilla, periodista, amante de la música y de las nuevas tecnologías que escribiera unas palabras para compartir en este blog. Por suerte accedió y este es el resultado.
Es un axioma popularmente aceptado que la música es un “lenguaje universal”. Y, sin embargo, una reflexión pausada nos hará cuestionarnos esta supuesta verdad.
La pertinencia de la equiparación de música y lenguaje no plantea ningún problema: ambos tienen una evidente y amplia función comunicadora, y unos códigos específicos a través de los cuales, y sólo a través de ellos, pueden ser expresados e interpretados. Que estos códigos o sistemas de notación hayan cambiado a lo largo de la historia, desde los códices de canto gregoriano hasta el sistema de notación midi para música hecha con ordenadores, o que tengan particularidades regionales propias, no sólo no excluyen el carácter idiomático de la música, sino que incluso lo refuerzan.
Lo que sí ponen en cuestión las divergencias formales es la segunda parte del axioma: ¿la música es un lenguaje “universal”? Para Umberto Eco, entre otros, la respuesta es un rotundo no, puesto que la música carece de contenido semántico. Es decir: no existe un “significado” inherente a cada pieza musical, sino que esta parcela es rellenada por el receptor. Y, aunque receptores de similar bagaje cultural pueden aportar significaciones similares a una misma composición, ésta permanece abierta a dispares interpretaciones posibles.
Pero aquí aparece un nuevo elemento a tener en cuenta: si individuos diferentes, con una base cultural común, pueden dar significaciones comunes a la música, entonces es que ésta, aunque libre de significado, no está totalmente separada del tiempo y el espacio en el que se crea. Y es a partir de este principio desde el que se puede establecer una relación entre la música y la realidad histórica, social, económica y cultural que la rodea, proporcionándole un interesante valor educativo.
Puede resultar muy didáctico, y así lo han hecho ya algunos autores, como Alex Ross en su libro El ruido eterno (ROSS, Alex: The rest is noise, 2009), establecer paralelismos entre autores, géneros y obras musicales con períodos históricos o lugares geográficos que, de un modo u otro, determinaron o condicionaron su génesis. Así, es muy conocida la relación entre la producción épica de Richard Wagner y un reflejo del imperialismo germánico de mediados del siglo XIX (algunos autores incluso han querido extrapolarlo, equivocadamente, hasta el nacionalsocialismo hitleriano). Menos popular, pero más enraizada con el folclore nacional finlandés, está la obra de Jean Sibelius. Y la vida y producción de Shostakovich no se entiende sin conocer las vicisitudes del régimen stalinista en la Unión Soviética.
Pero no sólo el estudio de la mal llamada “música culta” es útil, aunque parece a veces que cuanto más próximo está el género al receptor más se diluye su valor didáctico. Porque, ¿se puede entender el jazz sin conocer su origen en las plantaciones de esclavos de Lousiana o las reivindicaciones raciales y los movimientos de liberación afroamericanos? ¿No es el rock and roll un “lenguaje” contestatario de los adolescentes estadounidenses en la encorsetada sociedad puritana de los años 50? Si la cultura individualista y los movimientos anarquistas británicos dieron génesis al punk en los años 60, la actual sociedad de consumo ha banalizado la producción musical al mismo tiempo que las nuevas tecnologías (con fenómenos como MySpace) la han democratizado.
Son sólo algunos ejemplos de cómo géneros y autores están empapados de realidad. El carácter “universal” de la música, su vocación de trascendencia emocional, por tanto, ha sido sustituido por su valor como “fenómeno cultural” definido, al igual que ocurre con otras disciplinas artísticas, en su génesis y desarrollo, por circunstancias histórico-sociales particulares. De este modo, con una buena guía, la música puede ser interpretada como un verdadero “mapa sonoro” que ayude a comprender el devenir del ser humano.
Antonio Montilla

